Los criadores contra el creador

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Estamos en el desquiciamiento más aberrante del pensamiento humano (no del hombre, sino sobre el hombre) y de su aplicación a las conductas. Tenemos muy mal pensado al hombre: tremendamente mal. Nos creemos superlistos, superinteligentes, lo que viene después de superhombres y superdetodo. Somos lo más súper de lo súper. Bueno, esto se resumiría en el adjetivo latino superbi, que lo traducimos como “soberbios”. Es ahí donde estamos, en la soberbia. Con un tremendo problemón añadido, y es que además nos puede la fatuidad:como nos creemos nuestras soberbias creaciones, vamos y las aplicamos a nuestras vidas. Y es así como conseguimos ser profundamente infelices con o sin perdices.maternity-1542584_1920

Podremos creer o no creer en Dios al que no vemos. Allá cada cual con su coherencia o su incoherencia. Pero no podemos dejar de creer en el mundo (creado por Dios o hecho a base de una sucesión infinita de maravillosas casualidades; en este momento no es el caso); y no podemos dejar de constatar que el mundo, la naturaleza, la creación, lo que prefiramos, está maravillosamente bien hecho; mientras que nuestras creaciones de todo género, empezando por las que hacemos sobre nosotros mismos, comparativamente son un verdadero desastre. No acertamos ni una. Fijémonos en nuestra penúltima conquista: todo el arsenal “comunicativo” de internet y de las redes sociales, que sirven justamente para afianzar nuestra incomunicación y mantenernos rigurosamente incomunicados. La naturaleza, infinitamente más sabia que nosotros, hasta a los insectos y a los microbios les ha dotado de sistemas de comunicación infinitamente más eficaces que los nuestros. Es ahí adonde nos conducen la soberbia (en formato vanidad y fatuidad) y la avaricia.

Para conocer pues qué tal andamos, tengamos como referente al Creador o a la Creación (llamémosla Naturaleza si así lo preferimos): las diferencias entre Creador y creación no serán monstruosas. Veremos con claridad meridiana que es absurdo desentendernos de ambos a la vez; que acaba siendo un sinsentido organizarnos la vida al margen o en contra del Creador o de la creación, por nombre laico, Naturaleza. Y que nuestro mayor desastre ha sido ponernos mesa aparte, negando al Creador y desentendiéndonos de la  creación, es decir yendo FRONTALMENTE CONTRA LA NATURALEZA, que es lo nuestro.

Sí, sí, que vamos totalmente contra dirección, y aún tenemos la soberbia de empeñarnos en sostener que no somos nosotros quienes erramos, sino la Naturaleza. Ahí tenemos el último producto de esa soberbia: la ideología de género. No somos hombre o mujer conforme al diseño de la Naturaleza, sino conforme a nuestro capricho. Hemos perdido no sólo el sentido del Creador, sino también el sentido de la creación. Nos pensábamos que el CAMBIO DE SENTIDO nos iba a salir gratis; y no, no, en absoluto. Lo estamos pagando bien caro; y más caro que lo pagaremos todavía.

Si no creemos en el designio del Creador, forzoso es que creamos en el diseño de las criaturas. Todo tiene un designio, si nuestra mirada es providencialista; y un diseño, si nos limitamos a ser racionalistas. Y es obvio que las criaturas no pueden ir contra el diseño de su creador, porque se estrellan: pensad en un tren que se empeñe en ir por la carretera o que decida por su cuenta y contra su diseño, aprovechar un despeñadero para levantar el vuelo. Pues no, que no hay manera de que funcione. Lo único que consigue es despeñarse.

Y veamos qué es lo que hacemos nosotros cuando nos empeñamos en ir frontalmente contra la naturaleza, que es tanto como ir contra nuestro diseño o nuestro designio. Que es exactamente lo que hacemos cuando nos empeñamos por ejemplo en encaminar el sexo no sólo al margen de la reproducción, sino frontalmente contra ella. Por ese camino es inevitable que nos estrellemos. Y tanto da que expliquemos que eso es porque vamos contra los designios del Creador (explicación religiosa), como que es porque vamos contra el diseño de la Creación, es decir de la Naturaleza (explicación racional). Mal, fatal, desastroso en ambos casos. ¿Por qué? Pues porque vamos contra dirección. Y además con velocidad de vértigo. Como los conductores suicidas. A ver si temiéndonos al vernos tan locos, se apartan todos los demás de nuestro camino.

Es que estamos tan orgullosos de nuestro papel de criadores y diseñadores de nuevas naturalezas, que nos atrevemos a todo. Aunque bien mirado, lo único que sabemos hacer es distorsionar la naturaleza, a ver qué monstruosidad nos sale.

Y mira por dónde, nos metemos de lleno en metafísicas, en causas y fines. Porque es el fin, es decir la dirección en que marca la flecha, lo que determina el valor absoluto de ésta: si no está correctamente orientada para hacer diana, ni es flecha ni es nada, porque no cumple el fin para el que ha sido diseñada. Como si la usa uno como aguja de hacer punto.

¿Y quién es el que le marca la dirección a la flecha? No seamos ingenuos, no seamos fatuos: la flecha de nuestras vidas fue disparada en el mismísimo diseño de la Creación. Es decir, que somos Naturaleza larguísimamente elaborada. Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro sexo son el fruto de infinitos siglos de elaboración. Y no sólo en nuestra especie, sino en la totalidad de la naturaleza. Toda la Creación viene trabajando desde hace miles de millones de años para dotarnos de vista, de oído, de sexo. En clave de fe, tenemos el pensamiento sublime de san Agustín: “Señor, al hacernos nos imprimiste el impulso hacia ti; por eso nuestro corazón no tiene reposo si no es en ti”.

¿Y queremos reinventarnos ahora en cuatro días? Pues eso parece: que a estas alturas de la biología estamos reinventándonos el sexo.

¡Oh, sí, cómo no vamos a ser capaces de reinventarnos nuestro sexo, con el currículum fulgurante que llevamos justo en ese terreno! Oigan, oigan, pasen y vean lo buenos que somos haciendo inventos sexuales. ¿Han visto ustedes las vacas? No, no, las del campo no; no me refiero a esas vacas asilvestradas que pastan a su aire en las praderas y son fecundadas por toros. No, en ésas no resplandece nuestro genio criador. Me refiero a las vacas de fábrica, las de alta tecnología productiva y reproductiva, a las vacas todo sexo. Productoras sexuales. En ellas aprovechamos el potencial sexual-reproductor a todo lo que da de sí. Somos unos genios. En el buey, igual de geniales, echamos por el camino contrario: porque para aprovechar su fuerza mecánica, funciona mejor asexuado.

La vaca es nuestra supercreación biológica: es nuestra mayor genialidad. La preñamos artificialmente, porque no podemos dejar que críe a su aire: las máquinas fecundan mucho mejor que los toros: ¡dónde va a parar! Y por supuesto, no podemos pararnos a considerar cuáles son sus instintos sexuales y sus ansias de apareamiento. Eso arruinaría la productividad. Y cuando ha parido, tampoco podemos pensar en su instinto maternal y en la necesidad que tiene el ternero del calor y la ternura de su madre. ¡Menuda ruina si dejamos que produzca sólo los 15 litros diarios de leche que necesita el ternero! Su productividad ha de ser del triple por lo menos. Le crecerán las ubres hasta arrastrarlas, de tanto ordeñarlas. Le llegarán al suelo. Pero no hay problema, porque para que no consuma inútilmente el pienso que le damos, “vive” inmovilizada en su jaula individual:un ataúd a la medida.happy-cows-263766_1280

Ya ven qué brillantemente hemos diseñado a la vaca para que su vida sexual sea lo más productiva posible. ¿Les suena? Es que sus facultades sexual-reproductivas-productivas son geniales: y aún no hemos llegado al tope de nuestra creatividad. El desarrollo de las vacas es muy prometedor: de momento, el récord de producción de leche está en los 110 litros diarios; y la tasa de conversión de los piensos en leche no para de mejorar. Su vida sexual aún puede ser más productiva: todo se irá andando. Nuestra creatividad es de una genialidad sin límites. ¡Somos así!

¿Quién le ha marcado la dirección de la flecha a la vida de la vaca? Evidente, evidente. ¿Y hablamos en serio cuando nos empeñamos en ser nosotros, los mismos genios que hemos creado la supervacasuperlechera, quienes decidamos en qué  dirección ha de ir la flecha de nuestra vida? Si hemos violentado la naturaleza de la vaca para explotarla a tope, ¿quién nos dice que los nuevos diseñadores de nuestra vida no se estarán lanzando por caminos igual de tortuosos -y torturantes-? Sabemos cuánto les seduce violentar la naturaleza: sobre todo la naturaleza sexual. Disfrutan lanzándose contra ella. Cuanto más contra natura, más geniales y creativos se sienten. Es su nueva creación. Contra el Creador y contra la creación. Es así como sienten glorificado su instinto criador. Y por todos los indicios, parece que estamos en sus manos: para satisfacer en nosotros todas las perversiones de su instinto.

El “progreso” ha necesitado negar al Creador para reafirmarse; pero no le ha bastado: para que esta negación sea total y absoluta, necesita negar también la Creación, ir contra ella, posicionarse directamente contra natura. Y no se da cuenta de que lo único que consigue negando incluso su Naturaleza es negarse a sí mismo y labrarse su ruina: y la cuerda, como siempre, rompe por lo más débil.

Mariano Arnal

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