¡Qué “buenos” son estos promotores del crimen en serie!

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Cuando Erdogán ganó el referéndum para la ampliación de sus poderes, el presidente francés se apresuró a formular públicamente (ante las cámaras de televisión) una súplica al reforzado presidente de Turquía. Le pedía por lo más sagrado, que no restaurara la pena de muerte, tal como había prometido en el programa y en la campaña. La visión de la hipocresía de Hollande me golpeó con fuerza. ¡Qué farsante! Políticos “progresistas” que al tiempo que promueven leyes profundamente malvadas, necesitan hacer una gran exhibición de bondad. Porque quieren que les percibamos como inclinados al bien de la humanidad, como gente de bien. Y para que veamos cuán profunda es su bondad y cuán dispuesta a arrostrar todos los inconvenientes que surjan por su causa, van y eligen una forma de bondad realmente difícil y evangélica: no devuelvas mal por mal. Al que hace el mal, aunque sea el más terrible de los males (asesinatos, violaciones, torturas), al peor de los criminales, trátalo con benignidad y con humanidad; ni se te ocurra castigarle con proporcionalidad al mal que ha causado a los demás. Porque él sea malo, ¿vas a dejar de ser bueno tú?
Pues no, no dejarán ellos de ser buenos, inmensamente buenos. Exhibirán con orgullo la bandera del no a la pena de muerte, a pesar de lo inmensamente duro que resulta dejar de matar al que mata, tortura, viola y causa enormes daños a los ciudadanos que se han confiado a la protección del Estado. Y si son capaces de ejercer una bondad tan heroica, es que ciertamente su bondad no tiene límites. Y nos bombardearán con sus seráficas doctrinas para que salgamos enfervorizados a la calle a clamar contra la pena de muerte. Y contemplarán satisfechos de sí mismos, cómo nos han contagiado su bondad. Es que ser bueno con los buenos y con los inocentes, no tiene mérito (¡ni les vale la pena!, dicen ellos). Lo verdaderamente evangélico, el no va más del amor al prójimo, es ser lo más bueno posible con los más malvados. ¡Ahí está la gran virtud de los progres!

Pero estos redomados hipócritas que sostienen que no es lícito matar al que mata (sobre todo si mata a inocentes que no están en guerra con él), luego van y se dedican a matar a miles… Eso sí, a ser posible desde un avión o desde un lanzamisiles, sin despeinarse. Y si eso no es posible, desde un poderoso tanque. ¿Pero eso no es matar? ¿Acaso son peores los que matan en otros países, que los criminales cuyas vidas defienden en su país? No, no son peores, en absoluto. Pero les dan caza y los matan sin contemplaciones. ¿No es eso muchísimo peor que la pena de muerte? Al menos a ésta le precede un juicio y la posibilidad de defenderse; los que matan en la guerra en cambio, no tienen escapatoria.

Pero a casi nadie se le ocurre pensar estas cosas, porque de hecho está prohibido. Es lo que tienen la verdad oficial y el pensamiento único. Los periodistas y comentaristas de televisión y los tertulianos, se atienen rigurosamente al dogma estatal y no ven la menor incongruencia entre el “no a la pena de muerte” y la más absoluta discrecionalidad para matar en régimen de guerra, aunque ni siquiera haya sido declarada. Ni estos sabios ni las masas aborregadas que claman contra la pena de muerte.
Y el piadosísimo Hollande suplica al malvado Erdogán, casi con lágrimas en los ojos, que no restaure la pena de muerte mientras también él se dedica al nobilísimo deporte del bombardeo y les vende a países en guerra armas para que se maten unos a otros. Es que la defensa de los derechos humanos le sale del alma a Hollande. Pero eso no tiene nada que ver con matar y ayudar a matar. A unos les está genial matarlos, y a otros fatal. ¿Cómo es posible que haya un artículo de los Derechos Humanos que prohíba matar de un modo, y no haya los correlativos que prohíban matar de tantos otros modos mucho más crueles? Claro, los derechos humanos son obra humana, a la medida de las pasiones humanas de quienes los redactaron. Por eso tienen esos enormes boquetes.
Y ese mismo presidente francés, tan humano, mientras pide a Erdogán que se abstenga de restaurar la pena de muerte, instaura en Francia la pena capital para los que aún no han tenido la suerte de nacer. Una pena que conlleva la tortura, el envenenamiento y el descuartizamiento. Y manda piadosamente que se enseñe esta nueva bondad en todas las escuelas, y castiga a los que se atreven a informar a la mujer embarazada, que puede librarse de abortar a su hijo. Y para asegurarse de que no prolifere esa mala gente, hasta ha prohibido las webs que defienden la opción de la vida del no nacido, contra la opción del aborto.
Y ahí tenemos a este santurrón laico que promociona y paga con dinero público abortos e infanticidios a centenares de miles, llorándole al presidente de Turquía que se abstenga de devolverle a su país la pena de muerte. Se lo suplica por lo más sagrado. El abortador, el infanticida, conmina a Erdogán para que no ejecute a los peores malhechores condenados a muerte. Es que matar malhechores no tiene ninguna gracia. La gracia está en matar inocentes. Ésa es la santidad laica del presidente de Francia.
 ¿Y cuál es la respuesta de Erdogán? Muy interesante, sumamente interesante, porque deja a Hollande y a todos los Hollandes de Europa como unos estúpidos de siete suelas. Mientras los gobernantes europeos andan obsesionados por inventar nuevos derechos sexuales para reducir de manera drástica la población europea autóctona, Erdogán les dice a los turcos y a los demás musulmanes que llevan ya decenios ocupados en la repoblación islámica de Europa: tres hijos no: ¡cinco! He ahí la nueva consigna: Campaña intensa para la repoblación de Europa con musulmanes (y con mezquitas, ya muchas más que iglesias, descontadas las convertidas en museos), mientras los gobernantes occidentales hacen intensas campañas en favor de la despoblación de europeos viejos.
Y se supone que fuera de Europa, en sus fronteras, están los bárbaros, los dispuestos a restaurar la pena de muerte, y aquí en este bando están los inteligentes y avanzadísimos: los del aborto y el infanticidio a la carta, los del lobby gay; los de los embriones humanos congelados para lo que convenga (ahí está en Barcelona el nuevo edificio de la Fundación de Investigación del arzobispal Hospital de San Pablo que se anuncia como banco de tejidos); los del próspero mercado de órganos procedentes del aborto y del infanticidio (cuanto mayores son los “donantes” de órganos, más alto es el precio); los del hipermercado de los sexos, incluido el adoctrinamiento de los menores en esa novísima oferta. Y dicen que todo esto es para construir Europa conforme al modelo más progresista que jamás vieron los siglos. 
Y entretanto, montando guerras donde convenga: toda la primavera árabe, además de la guerra de Siria, las de África y las que convengan: al fin y al cabo para matar gente. Pero eso sí, por lo más sagrado, que no nos toquen a los países desarrollados moralmente y económicamente, el núcleo duro da la bondad occidental fundamentada en los Derechos Humanos. Matar inocentes, todos los que sea: en infanticidios, en guerras y eutanasias. Pero los criminales, que no nos los toquen; son lo más sagrado que tenemos. Son la gran prueba de nuestra superioridad moral. De la superioridad moral de los infanticidas. Por eso Erdogán, que lo tiene tan claro, proclama a las mujeres musulmanas que viven en Europa: Lo de tres hijos ya no es suficiente. ¡Que sean cinco!, mientras en Europa y en América decimos: matarlos con sólo tres meses no basta; que sea infanticidio flagrante; ya no importa la edad; mientras no saquen la cabeza del vientre que se ha constituido en barrera de sus derechos, no los tienen. Y por consiguiente tampoco existe la relación de familia. No hablamos pues de madre-hijo, sino de vientre-feto, cual corresponde a reses y esclavos. La distinción dentro-fuera es tan importante hoy como lo fueron un día las distinciones blanco-negro, libre-esclavo.
Pues de eso se trata… de un sistema corrupto y autodestructor, con unos súbditos sometidos, aletargados por las subvenciones públicas, el porno duro y el sexo a la carta, incapaces de ninguna oposición seria al pensamiento oficial y único. Los guardianes del rebaño mudos, y las pocas voces que gritan en el desierto reprimidas con eclesiástica pusilanimidad… Si no se atreven, si tienen miedo, si han perdido los arrestos y tal vez la fe para subir a la Cruz, que dejen al menos de poner bozales a los bueyes que aún continúan trillando (cf. 1 Timoteo 15,18).
 
Custodio Ballester Bielsa, pbro.
www.sacerdotesporlavida.es

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